¿Qué escuchamos cuando alguien dice “no quiero vivir más”?

La primera reacción muchas veces es querer tranquilizar, convencer o encontrar rápidamente una solución: “No digas eso”, “tenés que pensar en positivo”, “hay gente que te quiere”. Son respuestas comprensibles, porque frente al dolor del otro también aparece nuestra propia angustia.

Pero hay momentos en los que una persona necesita, antes que nada, que alguien pueda escuchar aquello que está intentando decir.

El suicidio no puede explicarse por una única causa. No existe una respuesta que permita decir por qué una persona llega a pensar en quitarse la vida. Hay situaciones de sufrimiento psíquico, pérdidas, conflictos, enfermedades, violencias, aislamiento y múltiples circunstancias que pueden entrecruzarse de maneras singulares.

Desde una perspectiva clínica, importa especialmente esa singularidad. No alcanza con saber qué le pasó a una persona; necesitamos escuchar qué significó eso para ella.

Una misma situación puede ser vivida de maneras completamente diferentes. Lo que para alguien constituye una dificultad transitoria, para otro puede convertirse en una experiencia de derrumbe, de soledad o de ausencia de alternativas.

Por eso, cuando aparecen expresiones como “no puedo más”, “sería mejor no estar”, “no quiero seguir” o “todos estarían mejor sin mí”, no conviene descartarlas como una exageración ni interpretarlas automáticamente como una búsqueda de atención.

Hay que detenerse y escuchar.

Preguntar por el suicidio no implanta una idea que antes no estaba. Puede permitir que una idea que estaba siendo vivida en soledad pueda ponerse en palabras.

Podemos preguntar directamente: “¿Estás pensando en morir?” o “¿Pensaste en hacerte daño?”. No hace falta ser psicólogo para hacerlo. Sí hace falta poder escuchar la respuesta sin juzgar y tomarla en serio.

Desde el psicoanálisis sabemos que poner en palabras una experiencia no la resuelve mágicamente. Pero hablar puede producir una diferencia: permite que aquello que aparecía como un callejón sin salida comience a ser escuchado, pensado y trabajado con otro.

Podríamos decir que, en una crisis, el sufrimiento puede ocupar todo el campo de visión. Como cuando estamos dentro de una habitación oscura y no distinguimos la puerta aunque esté cerca. La intervención no consiste en decirle a la persona “la puerta está ahí”. Consiste, primero, en permanecer con ella, encender alguna luz y ayudarla a recuperar la posibilidad de mirar.

La prevención empieza también allí.

En prestar atención a los cambios, al aislamiento, a la desesperanza, a las despedidas, a expresiones de muerte o autolesión. En acercarnos. En preguntar. Y, cuando existe riesgo, en buscar rápidamente ayuda profesional y no dejar sola a la persona.

A veces, prevenir no es encontrar la respuesta. Es evitar que alguien tenga que atravesar solo una pregunta que se volvió insoportable.

Hablar de suicidio es hablar de sufrimiento. Pero también es hablar de vínculos, de escucha y de la posibilidad de que una persona pueda volver a encontrar palabras allí donde, por un momento, parecía no haberlas.