Por Lic. Elida Mussa
En estos días, ver a chicos armados en la escuela sacude. Inquieta, angustia… y también deja a muchos adultos medio mudos, sin saber bien por dónde empezar a entender. La reacción rápida es buscar explicaciones o culpables. Pero la verdad es que, si frenamos un poco, algo más complejo aparece.
La agresión no es algo ajeno: forma parte de crecer, de armarse un lugar en el mundo. Ahora bien, cuando eso se transforma en violencia que irrumpe sin freno, como un estallido, ahí podemos pensar que algo no encontró vía en la palabra. Es como una olla a presión: si no hay por dónde salir el vapor, en algún punto explota.
Y es que muchos chicos hoy quedan bastante solos con lo que les pasa. A veces hay angustias que no encuentran escucha, enojos que no logran tramitarse, o dolores que ni siquiera llegan a nombrarse. Entonces aparece el acto, crudo, directo, sin mediación. No es que “quieren hacer daño” sin más; muchas veces es la única forma que encuentran de hacer existir algo de lo que les pasa.
Esto no quita gravedad, para nada. Pero sí nos invita a no quedarnos solo en el impacto. Porque también habla de los lazos: de familias desbordadas, de instituciones exigidas, de una época que empuja a respuestas rápidas, sin pausa. Todo ya, todo intenso, todo sin filtro.
La escuela, en ese escenario, queda sosteniendo mucho. No solo enseña contenidos: aloja, escucha, pone límites, intenta armar trama. Y ahí hay algo valioso. Porque cuando un chico encuentra un adulto que puede escuchar sin juzgar de entrada, algo se acomoda distinto.
Quizás la pregunta no sea solo qué le pasa a ese chico, sino dónde puede decir lo que le pasa. Porque cuando hay palabras, cuando alguien del otro lado escucha de verdad, la violencia —aunque no desaparezca mágicamente— puede empezar a encontrar otro destino. Y en eso, aunque no siempre se vea, se juega algo muy importante.
Y además, hay algo que no conviene perder de vista: los límites. A veces se los piensa como algo duro, casi expulsivo. Pero bien puestos, con presencia y coherencia, funcionan más como un borde que como un castigo. Un borde que ordena, que orienta, que le dice al chico “hasta acá” sin dejarlo caer del otro lado. Porque cuando no hay bordes, todo se vuelve más confuso… y más riesgoso.
También es cierto que no todos los chicos responden igual. Algunos se retraen, otros se apagan, y otros, en cambio, hacen ruido, mucho ruido. Son los que incomodan, los que preocupan, los que a veces quedan rápidamente etiquetados. Pero justamente ahí, donde algo irrumpe, es donde más falta hace una lectura que no sea apurada. No para justificar, sino para no perder la oportunidad de intervenir a tiempo.
Quizás como adultos —padres, docentes, profesionales— no tengamos todas las respuestas. Y está bien. Pero sí podemos ofrecer algo: presencia, escucha, palabra y también límite. No es poco. En un mundo que muchas veces empuja a la desconexión, eso ya es un anclaje.
Porque en definitiva, se trata de que ningún chico tenga que recurrir a la violencia para hacerse oír. Y eso, aunque no sea inmediato ni sencillo, es una responsabilidad compartida. Una apuesta cotidiana, hecha de pequeños gestos, de encuentros, de estar ahí… incluso cuando no es fácil.