cómo bancársela sin romperse en el intento
Escrito por Lic. Elida Mussa
Ser adulto hoy es una mezcla rarísima entre piloto automático y malabares emocionales. Suena la alarma y la cabeza ya arranca: la pava, los mensajes que no paran, el laburo, la cena, si llamaste a tu vieja. Y seguir. Con una sonrisa de “todo bien”, mientras por dentro sentís que estás sosteniendo demasiados platos en el aire.
Crecimos creyendo que la adultez era llegar a un lugar seguro, con respuestas y estabilidad. Y de golpe, acá estamos: en el medio del baile, tratando de que no se nos caiga nada. Porque ser adulto se parece menos a tenerla clara y más a hacer equilibrio en una cuerda floja, con viento en contra.
Es caminar con una valija pesada llena de mandatos, “deberías”, lealtades invisibles y culpas heredadas. Y cada tanto, cuando el ruido baja —en la ducha o manejando— aparece la pregunta incómoda: ¿esto que vivo es lo que quiero o lo que se supone que tengo que querer?
Ser adulto no es solo cumplir horarios y pagar cuentas. Es bancarse la incertidumbre, el no saber, las contradicciones. Es mirarte al espejo y no siempre reconocerte. Es querer estar bien sin saber por dónde empezar a desarmar el quilombo.
A veces estamos tan ocupados funcionando que nos olvidamos de habitarnos. El cuerpo avisa, la angustia aparece en cuotas, el deseo se vuelve borroso. Vivimos en “modo resistencia”.
La buena noticia es que algo se puede hacer. No se trata de tirar todo ni de fórmulas mágicas. Se trata de bajar la autoexigencia, soltar la idea de un único modo correcto de vivir, animarse a revisar el guión que no escribiste vos.
Quizás, en ese gesto mínimo de mirarte con un poco más de compasión, ya estés haciendo mucho. Porque bancársela no es hacerlo perfecto, sino hacerlo como se puede, pero con un poco más de vos adentro.
Lic. Elida Mussa.