Por Elida Graciela Mussa, Lic. en Psicología y Psicoanalista
Si ser adolescente alguna vez fue como cruzar un puente colgante entre la infancia y la adultez, hoy ese puente se ha vuelto virtual, multifacético y, a veces, inestable. No hay una sola adolescencia, sino múltiples formas de habitarla. Pero algo permanece: es una etapa de transformación profunda. El cuerpo cambia, pero también el modo de estar en el mundo, de nombrarse, de mirar(se), de amar y de ser amado.
¿Qué cambia en la adolescencia?
El adolescente no solo atraviesa cambios hormonales, sino también simbólicos. Lacan nos enseña que en esta etapa se reactualiza la pregunta por el deseo: ¿quién soy para el Otro? ¿Qué quiero? ¿Qué quieren de mí? Es el tiempo en que caen las identificaciones infantiles y se busca, a tientas, un nuevo lugar.
Síntomas de época: del acting out al ghosting
Hoy no solo hablamos de rebeldía o retraimiento. Surgen nuevos modos de mostrar el malestar: ansiedad, aislamiento, consumo problemático, autoexigencia extrema, autolesiones. En lugar del grito, a veces aparece el silencio. En lugar del portazo, el «me desconecto». Los síntomas hablan, aunque no lo hagan con palabras.
Redes sociales: el nuevo espejo
Las redes funcionan como un escenario y un espejo deformante. Son fuente de pertenencia, pero también de angustia. Allí se juega la imagen, el reconocimiento, la aceptación. En términos lacanianos, el “yo” se ve espejado en la mirada del otro… ahora multiplicado por mil. Un “me gusta” puede valer tanto como una palabra de un padre hace veinte años.
El código virtual: nuevos lenguajes, nuevas formas de vincularse
Si el lenguaje nos constituye, ¿qué pasa cuando cambia tan rápido? «Cringe», «random», «shippear», «tirar hate»… Los adolescentes hablan con códigos que, muchas veces, los adultos no comprenden. No es solo jerga: es la manera de nombrar una realidad que también se transforma. Escuchar no es solo oír; es decodificar.
Diversidad de género: la identidad como construcción viva
Ya no alcanza con pensar en categorías binarias. Los adolescentes hoy nos enseñan que la identidad se construye, se explora, se afirma y se modifica. No se trata de confusión, sino de búsqueda. Nombrarse con otras palabras, con otros pronombres, no es un capricho: es un acto de subjetivación.
Pares y padres: el delicado equilibrio
La mirada de los otros adolescentes cobra un peso decisivo. Los amigos pueden ser refugio o tribunal. Mientras tanto, los padres pasan a un segundo plano… pero no desaparecen. Acompañar no es invadir, pero tampoco soltar del todo. Es estar ahí, como un faro: no para dirigir, sino para iluminar.
Una metáfora para entender
Imaginemos a un adolescente como un astronauta que acaba de despegar de la nave madre. Flota en un espacio nuevo, incierto, sin gravedad. Necesita su traje (sus defensas), su radio (los vínculos), su propia voz (su deseo). Los padres ya no pueden pilotear por él, pero sí mantenerse en contacto, escuchando incluso los silencios.
¿Qué pueden hacer los adultos?
Escuchar sin juzgar. Preguntar sin invadir. Validar sin imponer. A veces, simplemente estar. Y si hace falta, pedir ayuda. El sufrimiento adolescente no es moda ni manipulación. Es un llamado que, cuando encuentra palabras, puede transformarse.