Escrito por Lic. Elida Mussa psicóloga, psicoanalista especializada,
“No quieren morir. Quieren dejar de sufrir.”
Esa frase, que a veces se repite casi en susurros, no es un slogan. Es una verdad que se palpa en la clínica, en la vida real. Duele, sí. Pero también abre una puerta: el problema no es el deseo de morir, sino la sensación de que ya no hay salida.
¿Por qué alguien llega hasta ahí?
No hay una única razón. Nadie se despierta un día y simplemente decide esto. Es más bien un camino lleno de señales que, muchas veces, pasamos por alto. O que simplemente no sabemos leer.
En adolescentes, el malestar suele colarse por las rendijas del día a día. No siempre es algo “grande” o evidente. A veces es la presión de sentirse suficientes, el miedo a decepcionar, una relación que duele más de lo que alivia. O una humillación en redes que no se borra, ni con el tiempo.
Y es que crecer duele. Pero cuando ese dolor no encuentra palabras, cuando no hay un otro que escuche, que pregunte en serio “¿cómo estás?”, entonces ese sufrimiento puede volverse insoportable. Y grita, no siempre con la voz: a veces, lo hace con actos.
Mitos que necesitamos desarmar
“Si lo dice, no lo va a hacer.”
Ojalá fuera así de simple. Pero muchas veces, sí lo hacen. Avisan. Dejan señales. Lo difícil es que a veces no suenan como alertas: suenan como una frase más entre mates, una publicación triste, un cambio sutil en la mirada.
“Solo quiere llamar la atención.”
¿Y si así fuera? ¿Qué nos está diciendo alguien que siente que su única manera de ser visto es a través de un acto extremo? Tal vez, lo que pide no es atención, sino contención.
“Está exagerando.”
No. No exagera. Lo que siente, lo siente en serio. Minimizar solo lo aísla más.
“Si hablamos del tema, lo fomentamos.”
No. Silenciarlo, sí lo empeora. Hablar, en cambio, puede abrir una hendija por donde entre un poco de aire.
¿Cómo acompañar sin invadir?
● Estando. De verdad. No hace falta tener todas las respuestas. A veces, lo único que la otra persona necesita es saber que no está sola.
● Escuchando más allá de las palabras. Porque hay silencios que pesan, miradas que piden ayuda sin decirlo.
● Evitar los sermones. Frases como “ya vas a estar bien” o “tenés todo para ser feliz” no ayudan. A veces, lo único necesario es: “Estoy acá. No sé qué decirte, pero no me voy.”
● Ofrecer ayuda concreta. ¿Te acompaño al médico? ¿Querés que llamemos a alguien? A veces, ese empujón pequeño abre un camino.
¿Cuándo prestar más atención?
Cuando algo se apaga. Cuando esa persona que era alegre ahora se encierra. O empieza a regalar cosas, a despedirse con gestos que no se entienden del todo. Cuando empieza a hablar en pasado, o a decir cosas como “ya no importa” o “todos estarían mejor sin mí”.
Ojo: no se trata de entrar en pánico. Se trata de estar disponibles, de confiar en nuestra intuición, de animarnos a preguntar aunque dé miedo la respuesta. Porque a veces, una conversación salva una vida
Desde el psicoanálisis, sabemos que no hay recetas. Cada historia es única. Pero también sabemos que la palabra puede hacer lugar, abrir sentido donde parecía no haber nada.
Y la verdad es que nadie se salva solo. Ni el que sufre, ni el que acompaña. Por eso, si sentís que alguien está atravesando un momento difícil, no mires para otro lado. Y si sos vos quien está mal, aunque no lo digas, aunque lo disimules bien… merecés alivio. Merecés compañía.
Pedir ayuda no es rendirse. Es empezar a elegir otra forma de vivir.
Si vos o alguien que conocés está atravesando una crisis, no estás solo. Podés llamar al 911 las 24 horas, o al 148 opción 0 de 8 a 20. También podés acercarte al Hospital Schestakow o al centro de salud más cercano.
“A veces, hablar puede salvar una vida. La tuya o la de alguien que amás.”